Alejandra, conquistadora de grandes imperios, llegaste a mi como un torbellino, como un
vendaval, con tanta fuerza, que casi me derrumbo ante tu presencia, llegaste
sin tocar la puerta y te instalaste sin pedir permiso, yo no te esperaba, no te
soñaba, es más te mostrabas lejana, casi
ausente, hasta que lanzaste tu red tejida de filigranas coquetas que se
desdibujaban en el viento y me encandilaron la mirada y me atraparon el alma,
un minuto antes de que pronuncie el no del temor, el no del que dirán y del
respeto a una amistad pactada, me rendí a tus encantos juveniles a tu picara
sonrisa y tu alegre coqueteo, me rendí ante
tu fragancia, me rendí ante tus besos, que se quedaron en mi piel, calcados
en mi alma. Me gusta acordarme de ti, y sonreír en la soledad, tararendo a
Miguel Bosse y Ángela Carrasco, pues fueron pocos días, fueron pocas horas
en las que te tuve entre mis brazos, que
se hicieron eternos en mi memoria.
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