Carta a Margot
Hoy
cuando vi pasar el tranvía, pensé en ti, apenas sentí el silbido agudo del pito
y percibí que el ambiente quedaba encapotado por un denso humo negro, se
asomaron a mi mente los recuerdos y fueron brotando a borbotones como
vertientes de agua que se encausan a una infinita Oceanía.
Margot
no escribo esto sólo porque te encuentras lejos, sino porque desde el día de
nuestra separación , te tengo presente de noche y de día, y tu imagen no es
efímera en mi memoria, quizá más bien se haya hecho perene e infinita porque
trasunta el tiempo, la luz, la distancia el olvido y la soledad.
Tu
estas conmigo, no se si te llevo en lo más recóndito del alma, o en las fibras
más íntimas de mi piel y mis sentidos. ¿Recuerdas? Aquel día que te regale una
estrella, te dije con palabra queda, para ti mi amor, escogí la más bella, ¡S!
una estrella, la misma que hoy puedo ver desde cualquier punto del planeta, sin
equivocaciones, sin confusiones con las constelaciones, la osa menor o la osa
mayor. ¿Cuanto te ame Margot?, bajo el claror de la luna, ella fue cómplice
silenciosa de nuestros furtivos sueños, de nuestros andares y desandares por la
vida y de nuestras encabritadas locuras, sabe de la firmeza con las que
forjamos, de la fuerza telúrica con la que germinaron y la delectación con que
los defendimos y cuidamos.
Margot
¿recuerdas nuestros sueños, verdad?, hoy solo son ilusiones marchitas,
estalagmitas petrificadas en oscuros socavones de olvido, monjes de claustro
que desfilan resignados y arrepentidos por haber osado querer tomar el cielo
por asalto. Qué ingenuos fuimos , creíamos como dos colosos de Rodas que con
solo plantar nuestros pies de hierro en un mar de amor, íbamos a cambiar el
mundo, ¡cambiarlo todo¡, sosteníamos firmemente, cambiar el arte de mantener
las mentiras, el artificio de esconder los harapos, el maleficio de matar los
sueños, la ignominia que destierra la luz solar, todo Margot, cambiarlo todo.
Y en
el limbo de esos sueños, nos sentíamos los inventores del amor, los defensores
de la madre natura, los dueños de todos los colores del arcoíris, los
constructores del arte y la belleza, los hacedores de versos y de coplas, los
forjadores de hombres nuevos, los labradores de la aurora, ¡Que ingenuos
fuimos!. Pero no podemos quejarnos o mirar de reojo ese pasado, al fin
tendremos que concluir confesando que hemos vivido intensamente, cargando en
nuestras alforjas del alma, todo cuanto se pudo dar: Ternura, Amor y Locura.
Margot,
te confieso que aquellos días fueron los más hermosos de mi existencia, por que
en medio del trajín y los ensueños, yo te amaba intensamente, quizá menos o más
de lo que hoy te amo, pese a la distancia. En la memoria de mis sentidos quedó
marcada tu huella, el gusto de tu boca, la fragancia de tu cuerpo, la suavidad
de tu piel de durazno que palmo a palmo fue descubriendo mi tacto.
Sí
Margot, nos amamos con locura, soñamos con cordura, con frenesí, con intensa
convicción, y aquí estamos, separados por una distancia sideral, atrapados
entre constelaciones difusas, como puntos en el espacio que ningún físico o
matemático se atreve a reunir con una línea que junte nuestros destinos.
Con
el alma destemplada, como un Stradivarius que nunca encontró a su artista que
la pulse, hoy te escribo esta carta, tan sólo para decirte, que en lo más
recóndito de mi ser se halla tu imagen, como una esfinge dorada a la que cuido
con delectación de artista, tan solo porque, a ti Margot, te sigo amando y te
llevaré conmigo hasta la muerte
El Alto 06/12/1994
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