Corría, a como de lugar, tropezones iban, tropezones
venían, Cotelú por algún extraño sentimiento, le tenía terror, lo veía y sentía
pánico, y es cierto, para nosotros en ese entonces, era un abominable hombre
teñido de negro, parecía emerger de alguna carbonería, a mi siempre me quedó
una sensación de angustia desde que se internalizó en mi subconsciente su
imagen, la misma que fue reforzada por las elocuentes imágenes del hijo del
carbonero de la novela Corazón, de
Edmundo de Amisis.
Era un gigante, enorme, por cierto, lo volví a ver
ya de adulto, con la impecable traza, viejo y muy menudo, nada reflejaba, las
imágenes infantiles que teníamos de él. Lorenzo, el hombre de nuestras
pesadillas, cargaba en sus espaldas su propio mundo, nadie más libre que él,
parecía un líder de jauría, lo seguían los perros y él los alimentaba, de entre
todos nosotros, los chiquillos del barrio, Cotelú era el que mas miedo sentía
por él, su madre, entre risa y risa, le advertía, ¡Si no te portas bien, te
entrego al robachicos, en su bulto lleva niños malcriados y se los come ¡, con
semejante mensaje, Cotelú apenas veía que el hombrecillo del carbón doblaba la
esquina, dejaba cualquier cosa que estuviera haciendo, juegos, tareas, no
importaba, lo primordial era que tenía que ponerse a buen recaudo.
Siempre
me intrigó, el porque un hombre como él, llega a esos extremos de pobreza y
abandono, contaban por ahí que una decepción amorosa lo había botado a la lona,
otros decían que desde su mas temprana infancia él se dedicaba a pedir
limosna en las calles. Nunca supimos la
verdad, lo cierto es que, donde lo veíamos se hallaba acompañado de sus mejores
amigos, los perros, llevando una vida de perro, manejaba latas de leche klin o
Nido, con un mango de alambre para abastecerse de alimentos, pernoctaba con
trapos viejos, periódicos y cartones y se perdía en las quebradas de la villa
de Tembladerani, cerca de un cementerio clandestino, unas veces mimetizado
entre la tumbas y otras, en los túneles naturales que abrieron en pasadas
épocas movimientos telúricos. A la intemperie, cerca de una fogata improvisada
para no quedar congelado por la gélida brisa nocturna o por la escarcha
altiplánica del amanecer. Vestía de hollín, negro ceniza, era de estatura
menuda, su rostro era apacible y hasta afable cuando sonreía alguna vez, su
nariz aguileña, su cara alargada y su cabello hirsuto, los ojos denotaban
angustia, miedo, cuando estaba cerca de la gente, parecía zozobrar su espíritu,
cuando le hablaban torpemente disminuyéndolo por su condición, entonces bajaba
la mirada y se notaban sus cejas gruesas, casi como de un duende salido de los
cuentos y leyendas, que caían de forma ovalada hacia el tabique de la nariz.
Esos detalles de la conformación de su rostro, su físico y color entero, lo
convertían en un personaje de ficción que llenaban nuestras mejores fantasías,
que en algún momento pudieron manifestarse como trauma, en nuestro mundo
ficticio, donde nacían, crecían, se reproducían miles de aventuras donde de principio a
fin el protagonista era Don Lorenzo, el hombre vestido de Hollín, el hijo del
carbonero.
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