lunes, 10 de marzo de 2014

El Lorenzo y su espeluznante figura[2]



Corría, a como de lugar, tropezones iban, tropezones venían, Cotelú por algún extraño sentimiento, le tenía terror, lo veía y sentía pánico, y es cierto, para nosotros en ese entonces, era un abominable hombre teñido de negro, parecía emerger de alguna carbonería, a mi siempre me quedó una sensación de angustia desde que se internalizó en mi subconsciente su imagen, la misma que fue reforzada por las elocuentes imágenes del hijo del carbonero  de la novela Corazón, de Edmundo de Amisis.

Era un gigante, enorme, por cierto, lo volví a ver ya de adulto, con la impecable traza, viejo y muy menudo, nada reflejaba, las imágenes infantiles que teníamos de él. Lorenzo, el hombre de nuestras pesadillas, cargaba en sus espaldas su propio mundo, nadie más libre que él, parecía un líder de jauría, lo seguían los perros y él los alimentaba, de entre todos nosotros, los chiquillos del barrio, Cotelú era el que mas miedo sentía por él, su madre, entre risa y risa, le advertía, ¡Si no te portas bien, te entrego al robachicos, en su bulto lleva niños malcriados y se los come ¡, con semejante mensaje, Cotelú apenas veía que el hombrecillo del carbón doblaba la esquina, dejaba cualquier cosa que estuviera haciendo, juegos, tareas, no importaba, lo primordial era que tenía que ponerse a buen recaudo.

Siempre me intrigó, el porque un hombre como él, llega a esos extremos de pobreza y abandono, contaban por ahí que una decepción amorosa lo había botado a la lona, otros decían que desde su mas temprana infancia él se dedicaba a pedir limosna  en las calles. Nunca supimos la verdad, lo cierto es que, donde lo veíamos se hallaba acompañado de sus mejores amigos, los perros, llevando una vida de perro, manejaba latas de leche klin o Nido, con un mango de alambre para abastecerse de alimentos, pernoctaba con trapos viejos, periódicos y cartones y se perdía en las quebradas de la villa de Tembladerani, cerca de un cementerio clandestino, unas veces mimetizado entre la tumbas y otras, en los túneles naturales que abrieron en pasadas épocas movimientos telúricos. A la intemperie, cerca de una fogata improvisada para no quedar congelado por la gélida brisa nocturna o por la escarcha altiplánica del amanecer. Vestía de hollín, negro ceniza, era de estatura menuda, su rostro era apacible y hasta afable cuando sonreía alguna vez, su nariz aguileña, su cara alargada y su cabello hirsuto, los ojos denotaban angustia, miedo, cuando estaba cerca de la gente, parecía zozobrar su espíritu, cuando le hablaban torpemente disminuyéndolo por su condición, entonces bajaba la mirada y se notaban sus cejas gruesas, casi como de un duende salido de los cuentos y leyendas, que caían de forma ovalada hacia el tabique de la nariz. Esos detalles de la conformación de su rostro, su físico y color entero, lo convertían en un personaje de ficción que llenaban nuestras mejores fantasías, que en algún momento pudieron manifestarse como trauma, en nuestro mundo ficticio, donde nacían, crecían, se reproducían     miles de aventuras donde de principio a fin el protagonista era Don Lorenzo, el hombre vestido de Hollín, el hijo del carbonero.    



[1] Inspirada en un pordiosero que cargaba un q’uepi enorme, perros y pulgas por tembladerani

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